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La paz representada por el séptimo arte, Ficci: Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias en sus 57 años

Sigue la inauguración.

Santos expresó su condición de cinéfilo, más precisamente sus veleidades de guionista y fue elocuente con la referencia del libreto que equivocó el premio Oscar, para decirnos que esta vez el guión –libreto de la paz-  no se lo iba a dejar cambiar por ningún otro. Mejor dicho, que los colombianos en general no se iban a dejar cambiar el libreto, resultó ser un guionista consecuente con sus principios y a la altura de su premio nobel de la paz. Seguro que Obama no le llega ni a los tobillos.

Sin embargo, el presidente no se atuvo al libreto que seguramente le habían preparado sus asesores y fue muy hábil para improvisar y no leer el texto de antemano elaborado. Como un buen y diestro improvisador de jazz, demostró que se habría podido dedicar a ésta, una vocación frustrada como freejazzista, que lo hubiera podido llevar más allá de Chick Korea... bueno, pero en verdad la noche de la inauguración se la tomó el señor presidente.

Un discurso fluido que arrancó gritos de entusiasmo a la concurrencia variopinta pero homogenizada por una retórica de la paz sin inventario.

No se podía esperar más de un evento en el que todo el mundo no podía sino estar de acuerdo con las generalidades y los discursos bien normados por las buenas maneras de la urbanidad de Carreño, porque en el canto generalizado de la paz no se escuchó ni una sola voz que enunciara las esquirlas que siguen activas y avanzando a contrapelo de una concreción verdadera de la paz; no se escuchó nada sobre los asesinados en el año 2016, tampoco sobre los asesinatos en el curso del 2017 de  líderes y defensores de derechos humanos, y mucho menos se dijo algo sobre la complicidad tácita del Estado con la situación del paramilitarismo que está copando y controlando los espacios de la guerrilla desmovilizada.

Más tarde, luego de la inauguración y para seguir el hilo, se dio la rueda de prensa en el Salón Rey de la agencia para la cooperación española, en la que Natalia Orozco junto con Pastor Alape y De la Calle, asumieron su papel en el documental “El Silencio de los Fusiles”.

Natalia su directora explicó cómo tuvo que mantener un “equilibrio” para presentar a los dos actores del conflicto: guerrilla y gobierno; cómo una decisión ética se imponía desde el inicio, sin que se tornara esta exigencia en un simple recurso al principio de la honestidad o al de ser “objetiva”. El punto de vista tenía que ser propio, el de la realizadora, y por eso la escogencia de su voz en off, para dar su mirada y apreciación de los cuatro años que estuvo siguiendo el proceso de las conversaciones de paz.

 No podía ocultarse en una falsa objetividad en la que aparentara no tomar un punto de vista propio, que se pudiera endilgar a nadie más. De esta manera se daba la voz a la guerrilla pero también con el mismo rasero al gobierno, equilibrio precario pero reconocido por Alape y De la Calle, como cualidades ostensibles de la investigación audiovisual realizada.

 La directora fue elocuente en confesar como había suprimido una música allí donde ese track contribuía a melodramatizar una secuencia en la que, si no se procedía así, resultaba poniéndose a la guerrilla en el papel de los malos; o la decisión de cambiar el orden de una secuencia, en la que aparecían dos comandantes guerrilleros llamando por teléfono como si estuvieran dando la orden de ataque a los soldados que resultaron muertos durante el momento más problemático de las conversaciones.

 En verdad se caracterizó este trabajo como una investigación prolongada sorteando las prevenciones de uno y otro bando, explicables por ese temor de que lo grabado fuera puesto en público de una manera descontextualizada, o que se prestara a tergiversaciones. Por eso la decisión de no lanzar el documental sino solo después de haber firmado el acuerdo, dio apreciaciones de parte de algunos espectadores  hacia la no generalidad de los mismos,  que se tuvo un trabajo enunciado en términos políticamente muy correctos, y que deja por fuera de esta manera invisibilizada, la presencia de factores geopolíticos que estuvieran presentes en ese contexto del cual tantos exponen delicadas prevenciones.

Por ningún lado estuvo la referencia a los actores que entre bambalinas, como esa presencia paramilitar que sigue haciendo pender de un hilo la paz que denominan estable y duradera.  No hubo una pregunta que apareciera en el texto del documental sobre el papel desempeñado por las siete bases militares de Estados Unidos en territorio colombiano, no podía ser admitida porque no solo derruiría la corrección política, sino haría una de las preguntas fundamentales indispensables hoy día. En el documental solo aparece fugazmente la expresión de la guerrilla de la presencia del Imperio y su papel decisivo en la necesidad de llegar a un acuerdo, por la desventaja tecnológica pero también política en la que se vieron constreñidos los cuerpos de la guerrilla.  Así culminó este encuentro que durante y post a la proyección, acogió a la “Gente de cine” en un Festival que siendo el más antiguo del continente, también le apostó a la paz, pero no desde el discurso corriente, sino desde el arte que siempre trasciende y queda marcado en la mente de los espectadores.

 

Luis Fernando Rozo.

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